miércoles, 27 de octubre de 2010

México, me gustas mucho.

Desde niña oía a mi abuela contar la historia de La Chinita poblana al son de su vieja mecedora: «Hubo una vez una princesa india que fue raptada por un mercader para ser entregada al virrey. Pero la princesa era tan hermosa, que cuando la vio un rico capitán de Puebla no dudó en comprarla. Catarina de San Juan, así la bautizaron los jesuitas, comenzó a servir como esclava en casa del capitán. Como La Chinita, así la llamaban, nunca quiso aprender a leer ni escribir, se dedicó a coser trajes y bordarlos, tarea para la que tenía una gracia natural. La gente del pueblo se asombraba con su vestimenta y, poco a poco, todas las mujeres empezaron a vestir como ella. Tanto, que sus prendas bordadas acabaron por convertirse en el traje tradicional mexicano. En su entierro, muchos arrancaban trozos de su mortaja para conservarla como reliquia. Durante un largo tiempo fue adorada como una santa».
Como mi vida últimamente se había convertido en un aburrido círculo concéntrico, decidí ir yo misma a visitar Puebla. En el aeropuerto de México DF me esperaba un minibús en el que viajaban una monja indígena, un arqueólogo inglés y un estudiante mexicano procedente de Guanajuato. Hicimos el viaje de noche, en silencio, hasta que la monja dijo, como en un suspiro: «Puebla, la ciudad de los ángeles, ¿saben ustedes que Puebla nació a raíz del sueño de un obispo? Sí, así es. Se le aparecieron en sueños unos angelitos que delimitaron la zona donde después se construyó la linda ciudad a la que ahorita nos dirigimos». El arqueólogo no pudo contenerse y, con tono burlón y fuerte acento inglés, comentó: «Esos ángeles debían de conocer el urbanismo de Vitruvio, el arquitecto romano que escribió el tratado de arquitectura más antiguo que se conserva, puesto que es en cuadrícula y bajo los ideales del Renacimiento como está concebida la ciudad». La monja, sin ofenderse y todavía con tono soñador, añadió: «Sabe, mijito, esos ángeles bondadosos también subieron las campanas a las torres de la catedral, lo crea usted o no». ¡Habíamos llegado!
Por la mañana, salí disparada a la Biblioteca Palafoxiana, Patrimonio de la Humanidad. Allí me sumí en la lectura y descubrí que La Chinita realmente había existido. Cuando levanté la vista de los libros, encontré al estudiante del minibús apuntándome con una Polaroid. Antes de que pudiese parpadear, disparó una fotografía en la que escribió algo y la dejó junto a mis libros. Se levantó y, sin decir nada, se fue. Esta aparición me desconcertó por completo. En la foto salía mi ojo en primer plano y, en el reborde, aparecía escrita la palabra Mostla. Era náhuatl, una lengua uto-azteca. Como yo no hablo ese idioma, salí hacia la catedral donde encontré, no sé si por azar, a la monja del viaje. Me explicó que mostla significaba mañana. Totalmente desorientada, empecé a vagar por las calles. Paseé por el mercado Parián, el barrio de los artistas estaba lleno de vida y las casas forradas de azulejos de Talavera me dejaron anonadada, pero estaba empezando a marearme y decidí buscar algo de comer.
Entré en un restaurante rosa chillón –o rosa mexicano, como dicen ellos–, donde había un grupo aprendiendo a preparar mole poblano. Me uní a la clase y, entre todos, tostamos los chiles, molimos el cacao, troceamos los jitomates e hicimos un montón de cosas necesarias para preparar ese rico platillo cuya receta original lleva más de 100 ingredientes. Como aperitivo pudimos probar las chalupas con su salsa verde y su salsa roja.
Esa tarde decidí ir a visitar la tumba de La Chinita poblana. Me quedé allí un buen rato, cuando me di cuenta, ya había anochecido. Por la mañana tenía una nota en recepción que decía: seis de la tarde angelitos negros. Firmado, Rodrigo. Busqué en mi guía y encontré dos iglesias. La de Acatepec, completamente cubierta de azulejos de Talavera, y la de Tonantzintla, que estaba decorada con angelitos mestizos. ¡La había encontrado! Antes de dirigirme hacia allí, fui a visitar el sitio histórico de Cholula, uno de los asentamientos más antiguos de México. En la puerta, encontré a Henry, el arqueólogo. Entramos juntos y recorrimos los estrechos pasadizos. «Esta es la segunda pirámide más alta del mundo. Se fue construyendo un templo sobre otro y el último fue una iglesia católica», me explicó.
Cuando llegué a Tonanzintla ya era tarde, pero el misterioso Rodrigo estaba allí, esperando con dos billetes de autobús en la mano. No pregunté dónde íbamos hasta que el autobús se puso en marcha. Nunca había sido tan confiada. «Cuetzalán –dijo– vamos a Cuetzalán, el pueblo mágico.» La bruma se hacía más densa a medida que nos adentrábamos por los caminos montañosos, los helechos eran cada vez más altos. Entonces me enteré de que íbamos allí a intentar fotografiar la sombra de un fantasma que vagaba perdido y al que Rodrigo venía siguiendo el paso desde Jalisco. Cuando llegamos, nos recibió una procesión de mujeres indígenas que caminaban tras una imagen católica mientras cantaban canciones en náhuatl. Rodrigo dijo haber visto al fantasma entre ellos. Yo empezaba a no saber qué pensar pero, cuanto más lo miraba, más guapo lo encontraba. ¿Sería él el verdadero fantasma?
Paseamos por las calles empinadas y, al día siguiente, disfruté del mercado mientras él se dedicaba a mirar manchas en las paredes, o a fotografiar las sombras de los habitantes del pueblo. Cerca de la ciudad de Zacatlán hicimos un Temazcal, tradicional baño indígena con vapor de agua y hierbas aromáticas, dirigido por un chamán que ejerce como guía. Vimos salir de nuestros pechos dos águilas que se juntaron en el vuelo y entendimos, por fin, que nuestro destino estaba decidido.
Después del Temazcal quisimos salir a dar un paseo hasta una cascada llamada Tulimán. La radio anunciaba lluvia, pero nos parecía imposible. A mitad de camino, empezó a llover como si fuese el diluvio universal y nos creímos los dos seres humanos elegidos para salvar la raza. Cuando llegamos empapados a lo alto del camino y la lluvia se mezclaba con el agua que salpicaba de la cascada, él arrancó una ramita del barro y, enroscándola, me la ató al dedo, nos besamos hasta el infinito mientras el cielo rugía sobre nosotros.

viernes, 27 de agosto de 2010

viernes, 29 de enero de 2010

miércoles, 27 de enero de 2010

miércoles, 23 de diciembre de 2009

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Dando un paseo
por las paredes
en curva continua
la calle
amable me sonrrie
mientras se materializa
mi lamento

sábado, 17 de octubre de 2009

lunes, 14 de septiembre de 2009

domingo, 6 de septiembre de 2009

Un Pez dorado

El gesto aplastado

Derretido el labio sin beso

El corazón con la espina

de un pez dorado.

Vaciada el alma a puñados

La cama siempre desecha

por el mismo lado

viernes, 28 de agosto de 2009